La conjura de los necios

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Nombre: Diógenes

miércoles, octubre 21, 2009

Aritmética

He decidido dar un paso más en mi pasión por las variaciones climáticas, así que he montado en casa lo que puede llamarse una pequeña estación meteorológica. Que tiemblen maldonados y montesdeocas.
La terminal está compuesta básicamente por dos gallos multicolores de Portugal situados en distintos puntos estratégicos, que cambian de color conforme a la humedad ambiental gracias a la reacción química provocada por el baño de cobalto que impregna sus alas. Los colores funcionan de la siguiente manera:

Azúl intenso en sus alas cuando hace mucho calor y hay poca humedad, pasando por tonos grisáceos en días nubosos y llegando al lila-rosa pálido cuando llueve mucho. Es decir:

Co(H2O)6]Cl2 <------calor---------> CoCI2(H2O)2 + 4H2O (g) (rosa) (azul)

CoCI2(H2O)2 + 4H2O (g) <----------->[Co(H2O)6]Cl2(azul) (rosa)

El problema radica en que hay situaciones, momentos a lo largo del día en que ambas aves no se ponen de acuerdo. Es decir, uno azúl y el otro rosa por ejemplo.
Aquí es cuando debe aplicarse el conocido sistema de media aritmética, por la cual la solución válida sería el color intermedio entre ambos.


Esto también contiene cierto margen de error susceptible de corregirse, ya que los gallos multicolores operan con un color primario y dos secundarios cada uno, además no complementarios entre sí, con lo que la solución a veces no queda muy clara.

miércoles, septiembre 16, 2009

Dosmildocismo




Quimérica Cádiz,
constitucional,
afrancesada
y chufla.

Bicentenaria Gades,
trimilenaria,
doceañista,
dosmildocista.

Iberoamericana
simbólica,
jaulájara,
impostora,
grotesca.

Turística,
fotogénica,
cultural,
cántabra.

Infraestructura,
segundo puente,
involución,
tranvía.

Orilla multiusos,
discoteca, aeropuerto,
megafonía.

Guerra a la siesta
y la lectura,
telera y circo,
Bisbal, aerofighter.

martes, julio 14, 2009

Impostura

Me había levantado de la cama con tales aires de relevancia que estaba dispuesto sí o sí a figurar por lo civil o lo criminal en las páginas del algún libro de historia. Dada mi nula capacidad creativa y mi innata ausencia de talento sería una ardua tarea, pero abandonar es propio de achantados y pusilánimes y pensé que aún habría algo por descubrir, un territorio poco explorado donde colocar mi bandera.
Decidí apostar por el apasionante mundo de la música, y en concreto por uno de los instrumentos menos valorados en el mundillo. Así es como quise ser el mejor claxonista del mundo conocido, es decir, a ser recordado como un virtuoso en el prestigioso arte de tocar la bocina.

¿Dónde adquirir una bocina?

Me dirigí en primer lugar al sitio donde dictaba la lógica que debieran encontrarse, un establecimiento de música. Al preguntar al encargado del recinto este me obsequió con todo su sarcasmo concentrado en una frase: ¿bócinas?, Sí, tenemos una sección especial, en el pasillo del fondo, entre los matasuegras y las carracas.
Viendo la inexistencia de aquel ansiado pasillo y la imposibilidad de obtener una por cauces legales opté por fabricarme una por mi cuenta y riesgo.

¿Cómo se fabrica?

La teoría informa que una bocina debe estar compuesta por dos elementos unidos entre sí, a saber: una pera de goma y una trompeta. Pensé que una pera frutal aportaría un sonido más nutritivo que el frío y distante caucho, pero la práctica demostró la inviabilidad de la idea.

¿Cómo sacar jugo al instrumento?

Ya tenía mi instumento afinado en una nota que yo decidí nombrar como mec sostenido, pero el problema era sacarle todo el partido posible para convertirme en el Charlie Parker del claxon. De haber seguido con la pera frutal sacarle jugo no hubiera supuesto problema, pero habría sido en detrimento de la parte sonora. El único antecedente conocido era el libro autobiográfico de un tipo conocido como John "two fingers" Boyle, quien afirmaba haber tocado la bocina junto a Miles Davies. Páginas más tarde descubrí que a lo que realmente se refería era a que mientras que el bueno de Miles tocaba con primor su trompeta en un club de Chicago, John two fingers accionaba el claxon de su sedán verde en el aparcamiento del local.
Por el momento la tarea está resultando más laboriosa de lo esperado, y apenas alcanzo a tocar más allá de unos simples mec mec. No obstante, no cejo en el empeño pues estoy plenamente convencido del éxito venidero. Al fin y al cabo, el llamado arte está lleno de impostores y yo tan sólo sería uno más en el club.

lunes, junio 22, 2009

Medir la derrota

El 1876 un hombre llamado H. J. "Six Fingers" Johnson intentó explicar sin mucho éxito al hombre que lo había desplumado al póker que había perdido por unos 57 x 88 mm. Esa era la medida habitual de las cartas de juego, y puesto que su rival logró un full house con la última carta y a él se le fue al traste un proyecto de escalera real, Six Fingers entendía que había sido derrotado por tan sólo una carta, representando estas dimensiones la delgada línea entre el fracaso y el éxito. Six Fingers fue reconocido oficialmente en las páginas de historia, como el primer hombre que logró medir la derrota.

Ya a principios del siglo XX un futbolista de un modesto club de la localidad de Sheffield, tras perder su equipo un partido por dos goles a uno, exclamó la siguiente frase ante los medios que se acercaron a recoger sus impresiones: "Hemos perdido por 12 centímetros". Los periodistas no comprendieron nada, hasta que alguien les informó que 12 cms era la anchura que tenían los postes de las porterías del estadio de Sheffield. Y es que, en aquel encuentro, el equipo en cuestión había disparado hasta cinco veces a los postes.

También fue famoso el caso de un conocido golfista que perdió un Open Británico de manera increíble tras salirse la bola del hoyo en lo que parecía un putt perfecto y el de un jugador profesional de billar que perdió la partida de su vida tras rebotar la bola ocho repetidas veces en los picos de la tronera.

Estas y otras excusas fueron las que me propinó hace unas semanas mi barbero, cuando mientras me recortaba con tremenda pasión las patillas, estuvo a tan sólo un pelo de rebanarme la oreja derecha.

jueves, mayo 21, 2009

El triunfo de la fe



¡Ay mi blusa marinera!
Siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera.


Aunque no me sienta actualmente muy orgulloso de ello, yo también fui marinero en tierra por un día. Era por mayo, cómo no, y había mocosos disfrazados de almirante, de esos que miran por encima del hombro.
Fui marinero sin barca por imposición familiar, cuando yo me sentía más karateca, que es como deseaba realmente uniformarme, pues me identificaba más con el noble arte de la autodefensa a base de golpes secos, añoranza de una actividad extraescolar que nunca realicé, que enrolarme en una ficticia embarcación sirviendo a las órdenes de un autoproclamado almirante con churretes en los galones.
Antes, trámite previo e ineludible fue el de la confesión, donde tuve que sincerarme ante un párroco de mis pecados cometidos hasta el momento y quizá por alguno futuro. Así se lo hice saber al sacerdote:


-Padre, me confieso de ser gaditano y carnavalero.
-Hijo mío, ve donde Paco y reza en silencio tres ¡Ay vaporcito del Puerto! y dos Cuando contemplo mi barca.


Hoy día la Iglesia, camaleónica como David Bowie, ha adaptado todo lo que rodea la celebración de dicho sacramento conforme a los tiempos actuales. Así, el párroco es una especie de cura-colega que entre canciones de palmas al estilo de los lunnis y mientras caen globos del techo, les muestra a Jesucristo como un tipo enrrollado a los futuros confirmantes, convenciéndolos de que la Eucaristía es lo más y que tener fe es algo cool, que mola en definitiva. De esta forma, los querubines se fascinan ante la idea y acaban convencidos de que la fe mueve montañas.

Claro que, en el momento posterior al supuestamente más importante de sus vidas , fuera del recinto sagrado, cuando comienza la lluvia de billetes de cincuenta euros y los seductores presentes último modelo, descubren que la realidad se escribe en forma de consola de videojuegos y de que una pleisteichon sí que mueve montañas. Al fin y al cabo, alguno pensará que Jesucristo nunca le ha dado apenas nada, mientras que la pleisteichon le ha proporcionado impagables horas de entretenimiento.





martes, abril 21, 2009

Dátiles


Será porque pasamos nuestro periodo prenatal en el interior de una membrana flotando sobre líquido amniótico y que cuando finalmente perdemos la vida nos ubican en el interior de una caja de madera, que la vida del ser humano gira alrededor de los envases.

Cuando hablamos de recipientes, lo hacemos de unos elementos aparentemente imperceptibles en su mejora, pero que sin duda evolucionan, siendo su desarrollo directamente proporcional a la idea de progreso. Su función principal no es otra que facilitarnos las cosas y de manera sorprendente, sus ideólogos no son héroes públicos aclamados por las masas. Yo sin ir más lejos, admiro por igual a Van Gogh que al tipo que inventó el bote de miel antigoteo.
Así, prácticamente todo viene en reconocibles envases, incluidos los dátiles. Y vengo a referirme a estos en particular, porque se encuentran en alarmante peligro de extinción. En concreto, la amenaza de desaparición no se encuentra en el fruto mismo, sino que se halla en el vocablo que comúnmente se usa para designarlo. La palabra dátil. Es un término que no se usa lo suficiente y que de continuar así las cosas, podría producirse su total exterminio.
Pero siempre hay almas dispuestas a luchar por lo que creen, y en este caso concreto, sé de ciudadanos particulares concienciados con el uso de la palabra para designar al fruto de la palmera datilera, que por iniciativa propia se han propuesto fomentar el uso de la misma. De esta forma, incluyen el mencionado término siempre que les es posible en una conversación, e incluso haciéndolo de manera inapreciable en muchos casos. Tenemos así, quien por ejemplo pronuncia "huellas datilares" en vez de dactilares, o "verso dátilo" por dáctilo, sin ir más lejos.

Hay también quien en lugar de dar los buenos días, desea los buenos dátiles.





jueves, abril 09, 2009

A Darth Vader




Ahora que Darth Vader tiene cáncer,
el imperalismo cósmico y celeste
se estremece, tirita, conmueve,
por la temida contingencia
de saberse huérfano y carente.


Fue tal vez la radiación
de su acero fluorescente.
O quizás fuera el cadmio
de la estrella de la muerte.


Sirva al menos la dolencia
como honrosa escapatoria.
Evitar un pleito por tirano,
que te condene un honrado,
recto, virtuoso, magistrado,
que posea nombre de rey mago.